Mucho antes de que existieran las palabras, las historias e incluso nuestra propia especie, una forma de comunicación ya resonaba entre los antepasados de los grandes simios: la risa. Una investigación reciente ha encontrado que orangutanes, gorilas, bonobos, chimpancés y humanos comparten una estructura rítmica básica al reír. Sin embargo, el descubrimiento más interesante no está en el sonido de cada carcajada, sino en los pequeños silencios que aparecen entre un sonido y el siguiente. Esos intervalos podrían guardar una pista inesperada sobre el origen del habla.
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Un estudio que escuchó las pausas entre las carcajadas
La investigación, publicada en la revista científica Communications Biology, analizó las risas de cuatro orangutanes, dos gorilas, tres bonobos, cuatro chimpancés y cuatro niños de entre seis meses y siete años. Los animales fueron grabados en sus entornos habituales mientras jugaban o recibían cosquillas de personas conocidas. Algunas de las grabaciones de los simios ya se habían obtenido años antes y fueron examinadas de nuevo con métodos centrados en el ritmo.
En total, los investigadores estudiaron 140 secuencias de risa. No se limitaron a decidir si una carcajada sonaba alegre, fuerte o parecida a la humana. Marcaron el momento exacto en que comenzaba cada emisión vocal y calcularon cuánto tiempo transcurría hasta el inicio de la siguiente.
Así descubrieron una regularidad común. Las emisiones aparecían una detrás de otra con intervalos bastante parecidos, como los golpes de un metrónomo. A este tipo de organización se lo conoce como ritmo isócrono. En términos sencillos, significa que cada sonido tiende a mantener una distancia temporal regular respecto al siguiente: algo similar al conocido “ja, ja, ja”, aunque la voz de cada especie sea diferente.
La risa de los simios no suena igual, pero comparte una estructura
Decir que los grandes simios ríen como nosotros no significa que todas sus carcajadas sean idénticas a las humanas. El tono, la duración, la respiración y la calidad del sonido pueden variar mucho. La risa de un chimpancé, por ejemplo, puede recordar más a un jadeo repetido que a la carcajada de una persona adulta.
Lo que se conserva es una parte más profunda: la organización temporal. El nuevo estudio encontró una tendencia a colocar los sonidos de la risa a intervalos regulares en todas las ramas vivas de la familia de los grandes simios, incluida la humana. La regularidad fue especialmente clara durante las cosquillas. En el juego físico, en cambio, el ritmo se apartó más de esa precisión, posiblemente porque correr, forcejear, girar el cuerpo o recibir pequeños golpes altera la respiración.
Esta diferencia es importante. No sería correcto afirmar que los simios mantienen exactamente el mismo ritmo en cualquier situación. El contexto puede afectar a la regularidad de la secuencia. Lo que sí mostró el trabajo es que solamente los humanos cambiaron de forma significativa la velocidad de la risa según la situación estudiada: los niños rieron más rápido con las cosquillas que durante el juego.
Una carcajada que podría tener 15 millones de años
Si especies separadas por millones de años de evolución conservan el mismo patrón básico, la explicación más probable es que no lo hayan desarrollado por separado. Los autores proponen que ese ritmo ya estaba presente en el último antepasado común de los grandes simios actuales, que vivió hace aproximadamente 15 millones de años.
Esto no quiere decir que los científicos sepan exactamente cómo sonaba aquel animal. Los sonidos no dejan fósiles y ninguna grabación puede viajar tan atrás en el tiempo. La conclusión se obtiene al comparar a las especies vivas y ordenar sus semejanzas según el árbol evolutivo. Si orangutanes, gorilas, bonobos, chimpancés y humanos conservan un rasgo relacionado, es razonable pensar que lo recibieron de un antepasado compartido.
La risa, por tanto, sería muy anterior a Homo sapiens, a los primeros homíninos e incluso a la aparición del lenguaje. Ya servía como señal social durante el juego, ayudando a indicar que un empujón, una persecución o un forcejeo no eran una agresión real. Además de expresar una emoción, podía mantener la coordinación y reforzar el vínculo entre los participantes.
¿Qué hace especial a la risa humana?
Aunque conservamos aquel patrón antiguo, nuestra risa se volvió más rápida, variable y flexible. El análisis encontró una tendencia general: cuanto más próxima es una especie a los humanos en el árbol evolutivo, mayor es la rapidez y la variación temporal de sus emisiones. Los humanos se situaron en el extremo con mayor diversidad de ritmo.
Esa flexibilidad forma parte de algo que reconocemos en la vida diaria. No reímos de la misma manera cuando nos hacen cosquillas, cuando una amistad cuenta algo divertido o cuando intentamos aliviar un momento incómodo. También podemos soltar una risa nerviosa, discreta, irónica o educada. Quien la escucha suele captar parte de la intención incluso sin recibir ninguna explicación.
Conviene separar, no obstante, lo observado de manera directa de sus posibles implicaciones. En el experimento participaron cuatro niños y solo se compararon situaciones de juego y cosquillas. Las risas educadas, irónicas o nerviosas de los adultos no formaron parte de la muestra. Son ejemplos cotidianos de la gran versatilidad humana, pero no fueron medidos en este trabajo concreto.
La risa como pista sobre el origen del habla
Reconstruir el nacimiento del lenguaje es muy difícil porque una voz desaparece en cuanto termina de sonar. Los huesos y las herramientas pueden fosilizarse; una conversación, no. Por eso la risa resulta tan valiosa para los investigadores: es una vocalización antigua, repetitiva y compartida por todos los grandes simios, pero en los humanos también muestra un control especialmente amplio.
Para hablar no basta con tener una garganta capaz de producir sonidos. El cerebro debe coordinar la respiración, la voz, los labios y el ritmo con una precisión extraordinaria. También tiene que modificar el resultado de acuerdo con la intención y el momento. Al estudiar cómo cambió el control temporal de la risa a lo largo del árbol evolutivo, los científicos pueden buscar pasos previos a esa capacidad.
La propuesta no es que una carcajada se transformara de repente en una palabra ni que la risa, por sí sola, creara el lenguaje. La idea es más prudente: el control de la voz necesario para variar una risa pudo formar parte de las capacidades que, acumuladas durante millones de años, hicieron posible el habla. La evolución no habría encendido esa habilidad de golpe en los primeros humanos. La habría construido poco a poco sobre mecanismos mucho más antiguos.
Esta interpretación coincide con investigaciones anteriores que ya habían encontrado una continuidad evolutiva entre las vocalizaciones provocadas por cosquillas en los grandes simios. Las características acústicas de esas risas incluso permitían reconstruir relaciones entre especies parecidas a las obtenidas mediante estudios genéticos. El nuevo trabajo añade ahora una pieza concreta a esa historia: el ritmo.
¿Los neandertales también se reían?
No es posible escuchar una risa neandertal ni demostrar con un fósil cómo sonaba. Aun así, si la base de este comportamiento apareció millones de años antes de que surgiera el género Homo, resulta muy razonable pensar que los neandertales también podían reír.
Eso no los coloca en un punto intermedio entre un chimpancé y nosotros. Los neandertales pertenecían a un linaje humano muy cercano al nuestro, no eran un escalón a medio camino entre los simios actuales y Homo sapiens. Por esa cercanía, su risa probablemente se parecía mucho más a la humana que a la de un orangután, aunque su ritmo exacto, sus matices y sus usos sociales continúan fuera de nuestro alcance.
Un sonido antiguo que todavía nos acompaña
El estudio tiene una limitación evidente: participaron solo 17 individuos, entre ellos cuatro niños, por lo que será necesario repetir el análisis con muestras más grandes y variadas. Aun así, sus resultados ofrecen una imagen fascinante. Cada vez que una persona se ríe, activa un patrón cuya raíz podría remontarse a unos 15 millones de años.
La evolución cambió su velocidad, amplió sus matices y nos permitió adaptarlo a muchas situaciones. Pero debajo de una carcajada espontánea todavía permanece un pulso compartido con chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes. La risa no es únicamente una reacción divertida. También es un vínculo vivo con nuestros parientes y una posible ventana al largo camino que terminó dando forma a la voz humana.





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